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La Danza Circular, una herramienta social y de trascendencia para este milenio.
El prodigio de haber llegado a ser concientes de la conciencia, hace que algo perfecto en cada uno de nosotros, esté esperando, pacientemente, de por vidas, por la receptividad adecuada para poder manifestarse. Los
seres humanos podemos evolucionar conscientemente física, psicológica
y espiritualmente. La
Danza Circular o el danzar en rondas, son una de las formas artísticas
más antiguas que han acompañado al hombre a lo largo de
su evolución. A lo largo de la historia se ha danzado para comunicarse con los dioses, para provocar estados alterados de conciencia, para generar presencia, autoafirmación, celebración y acompañar colectivamente en los distintos pasajes de la vida de una comunidad. Siempre se supo que el círculo era poderoso y una vía directa para la unificación hacia un propósito individual y colectivo. Estructuralmente,
el espacio sagrado (el centro del universo y soporte de concentración),
es generalmente representado como un círculo inscripto dentro
de una forma cuadrangular. El universo entero es un mandala es por esto que cada ser humano responde ante ellos incluso de maneras inconscientes, más allá de su edad, género, raza, cultura, es decir, trascendiendo toda aparente diferencia. En estos últimos tiempos, especialmente en este nuevo milenio han vuelto a surgir estas formas de expresión artística, que han inspirado a muchos seres a trabajar desde diferentes puntos de enfoque con el círculo. Cuando danzamos en círculo, sea cual sea la forma que se plasme en la danza y los pasos a seguir, cada uno comienza a expresar su propio lenguaje interior, el lenguaje del alma... Algo
desde adentro se logra conectar y comienza a salir hacia el exterior,
haciéndose visible y consciente... Toda
relación en grupo enriquece, porque crecer, madurar, aprender,
se da básicamente a través de la relación. Y esta protección es el límite para darse cuenta de quienes somos y cómo nos relacionamos. Cada danza y cada desafío coreográfico son ambientes nuevos donde trabajar esos límites, ampliar la conciencia de uno mismo, y desde esa conciencia cambiar las formas de relación problemáticas. Por lo general la relación problemática que primero hay que cambiar es con uno mismo. El énfasis en la toma de conciencia, el contacto a través de los sentidos, la vivencia del aquí y ahora, centrarse en la experiencia, en la propiocepción, en la emoción y en los actos, gestos, tics, posturas. Son elementos que apuntan a un aprendizaje, a un entrenamiento para reconocer mejor los mensajes del cuerpo, a diferenciar las fantasías de la realidad, a hacernos responsables de nuestras virtudes y deficiencias, reconociendo la distorsión de la realidad que produce nuestro carácter y las consecuentes limitaciones. Es
amablemente plantearse algunos aspectos e ir madurando emocionalmente,
un objetivo. En pedagogía se habla mucho del aprendizaje significativo, un aprendizaje que quede ligado a otros conocimientos previos; si el nivel de la experiencia es adecuado se producirá un aprendizaje que tenga sentido en la comprensión del individuo. El aprendizaje emocional y el aprendizaje significativo van de la mano para madurar. La expresión "darse cuenta" se refiere a esa toma de conciencia emocional e intelectual que integra diferentes informaciones internas en un conocimiento mayor, que nos ayuda a comprender acciones o percepciones ambivalentes que nos generaban confusión. Generalmente, podemos nombrar a estas ambivalencias como conflictos de polaridades, tendemos a identificarnos con una de las áreas emocionales pero no con la otra, por eso al reconocer que podemos tener emociones, actitudes, o acciones enfrentadas, se puede producir la integración. Y a lo largo de las danzas y las vueltas del círculo se brinda el tiempo y el clima necesario para que se vayan activando todas estas posibilidades. La labor terapéutica es educación, la pedagogía que favorece la madurez es terapia. El
cerebro humano procesa 400 billones de bits de información cada
segundo, sin embargo, sólo se está conciente de 2000 de
esos billones de bits de información. El lóbulo frontal es la sección del cerebro que se encarga de focalizar la atención de la conciencia. Cuando se cambia la mirada de lo que observamos, cambian las percepciones del entorno y la manera que se responde a los estímulos. Y aquí, la metáfora de "una mente abierta" nunca tuvo tanto significado. El pensar en la función de la Atención y la Presencia como un vasto océano de infinitas potencialidades, es un desafío difícil de rechazar. El diámetro del campo visual y el punto de vista, son productos adquiridos del ejercicio de la memoria intelectual porque se tiene que conocer lo que se está buscando. Consecuentemente hasta que no nos familiaricemos y nos eduquemos con los que ya está potencialmente allí afuera, sólo podremos observar lo que ya conozcamos. Cada desafío musical, cada secuencia de pasos, cada sensación y emoción que irrumpe son posibilidades para ser observadas y equilibradas. No
es lo mismo un trabajo individual en búsqueda de movimiento,
que estar participando activamente en una ronda que ya se encuentra
girando y su música sonando. Y además permitir y aceptar que todo eso está sucediendo simultáneamente, mientras que círculo acompaña, amansa y contiene. Sería como volver al agua de la panza materna donde abunda, la paciencia, la calidez y el orden necesario. Y
parece ser que nuestros lóbulos frontales tiene el privilegio
de ser el divino espacio de la Inspiración Humana. Del
mismo modo, nuestra mente, en un principio alerta a las instrucciones,
va abandonando suavemente el esquema de la danza, incorporando la coreografía
a sus códigos internos y permitiéndonos simplemente repetir
lo aprendido y memorizado por nuestro cuerpo. Así,
conscientes del movimiento de nuestro cuerpo, libre la mente de todo
pensamiento organizado distinto de la danza misma, avanzamos hacia la
toma conciencia de nuestras sensaciones, de lo que cada una de las danzas
provocan en nosotros. En
nuestra primera infancia las rondas fueron una instancia significativa
que nos permitió incursionar en la alegría que proporciona
el contacto, la sonrisa compartida, el movimiento sincronizado con otros,
regalos y dones que permanecen registrados en nuestra memoria corporal
y que siempre están a nuestro alcance. El
cuerpo somos nosotros mismos, no es como la geografía o la historia,
es mucho más próximo a nosotros. Cuando alguien se entrega
a la danza y al círculo, si quiere dejarse sorprender, se comienza
a dar cuenta de que se está encontrando a si mismo. Con
el trabajo de las danzas se intenta focalizar siempre sobre cuatro niveles
a la vez. Las
Danzas Sagradas Circulares son un instrumento poderoso en el trabajo
grupal para todas las edades e intereses, porque ofrecen un momento
compartido donde la música y el movimiento tranquilizan y estimulan
el corazón y el espíritu. Brindando el espacio y la frecuencia
adecuada para que cada quien comience a hacer contacto con su Ser, se
encuentre con los otros y se re-des-cubra al lado de los demás. La finalidad última de las Danzas Circulares son el de crear un espacio lúdico de experimentación consciente que sirva para despertar la Conciencia.
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